La aventura comienza temprano en la mañana, cuando dejamos atrás las calles empedradas de Cusco. Nuestro destino: el mágico Valle Sagrado de los Incas. A medida que avanzamos por las sinuosas carreteras, las montañas se alzan majestuosas a nuestro alrededor.
Nuestra primera parada es Awanacancha, un lugar donde la tradición y la naturaleza se entrelazan. Aquí, nos encontramos con alpacas y llamas, criaturas que han sido parte fundamental de la vida andina durante siglos. Los lugareños nos cuentan historias mientras acariciamos sus suaves pelajes.
Continuamos hacia Pisac, un rincón lleno de historia y color. El mercado local nos recibe con una explosión de textiles, cerámicas y joyería. Las artesanías, tejidas con destreza, nos hablan de tradiciones ancestrales. Pero no podemos quedarnos solo en el mercado: las ruinas incas en la montaña nos llaman. Subimos por escalinatas de piedra, sintiendo la energía de quienes caminaron aquí hace siglos. Desde lo alto, el Valle Sagrado se despliega ante nosotros como un tapiz verde y fértil.
Después de un almuerzo en Urubamba, seguimos hacia Ollantaytambo. Aquí, las piedras cuentan su propia historia. La fortaleza inca, con sus terrazas escalonadas y sus muros imponentes, nos transporta a una época de esplendor y estrategia militar. Desde lo alto, vemos el pueblo que lleva el nombre del lugar, con sus calles estrechas y sus casas de adobe.
Al atardecer, abordamos el tren que nos llevará a Aguas Calientes, también conocido como Machu Picchu Pueblo. El río Urubamba nos acompaña en este viaje, sus aguas cantarinas fluyendo a nuestro lado.